Soy cerrajero desde hace más de quince años. He abierto más puertas de las que puedo contar, a veces con prisas, a veces con paciencia, pero siempre con las manos y con la cabeza bien metidas en el trabajo. Hace un tiempo empecé a practicar yoga —al principio por curiosidad, luego por necesidad— y la verdad es que me ha cambiado muchas cosas, no solo en lo personal, también en mi día a día como cerrajero.
Puede sonar raro, pero hay muchas enseñanzas del yoga que aplican directamente en el oficio de cerrajero de urgencia. Y no me refiero a hacer posturas complicadas entre cerraduras, no. Hablo de otra cosa. Hablo de la forma en que uno encara su trabajo, sus pensamientos y la manera en que está presente en cada cosa que hace.
1. La paciencia: abrir sin forzar
Una cerradura se resiste más cuanto más fuerza le haces. Esto lo aprendí desde mis primeros años en la cerrajería. Pero no entendía lo profundo de eso hasta que empecé con el yoga.
En yoga, te dicen que no fuerces la postura. Que si duele, pares. Que el cuerpo necesita tiempo para abrir. ¿Y qué es una cerradura si no algo que también necesita tiempo y atención para abrirse?
Con el tiempo he dejado de atacar las puertas. Las observo, las escucho, y muchas veces se abren más rápido cuando me acerco con respeto que cuando lo hago con apuro o frustración.
2. La respiración: clave para no perder la cabeza
Cuando estoy en una urgencia —una señora que se quedó fuera de casa, alguien que olvidó las llaves en el coche— el ambiente se pone tenso. Antes me cargaba con esa tensión. Ahora respiro. Así, literal.
En yoga aprendí que respirar es lo primero que se desordena cuando te estresas, y también lo primero que tenés que recuperar. Me tomo un momento para respirar profundo antes de empezar a trabajar. No me cambia la situación, pero sí cambia cómo la enfrento.
3. La atención plena: estar en lo que estoy
En yoga te invitan a estar presente. A notar el cuerpo, el suelo, el momento. Como cerrajero, muchas veces hacía mi trabajo en automático. Ya lo tengo tan de memoria que ni pensaba. Pero eso es peligroso.
Una vez me equivoqué con una cerradura porque estaba pensando en otra cosa. Desde que practico yoga, hago el esfuerzo de estar en lo que estoy. Miro con atención. Siento las herramientas. Escucho el «clic» de cada parte.
Y créanme, cuando uno está más presente, comete menos errores y hasta disfruta más lo que hace, por más técnico o repetitivo que sea.
4. La humildad: siempre se puede aprender
En yoga, cada clase es distinta. Hay días que te sale todo, y días que ni tocarte los pies podés. Eso me enseñó humildad.
En mi oficio pasa igual: siempre aparece una cerradura nueva, un sistema raro, una complicación inesperada.
Antes me enojaba. Ahora lo tomo como parte del camino. Como dicen los profes de yoga: “es tu práctica”. Y bueno, cada cerradura es parte de mi práctica también. Aprender no se termina nunca, ni en el mat ni en el taller.
5. El servicio: estar para los demás sin perderse uno
Ser cerrajero es un servicio. La gente te llama cuando está en apuros. Y eso, si uno no lo maneja bien, puede quemarlo. El yoga me ayudó a encontrar equilibrio. Me recuerda que puedo ayudar, pero sin llevarme encima el estrés ajeno.
Aprendí a estar disponible sin vaciarme. A cuidar también mi energía, mi cuerpo, mi cabeza. Porque si yo no estoy bien, no puedo hacer bien mi trabajo.
En resumen…
Nunca me imaginé que el yoga me iba a enseñar tanto sobre mi oficio. Pero lo hace. Y no porque me vuelva más flexible físicamente (aunque eso también ayuda cuando tenés que meterte en lugares incómodos), sino porque me ayuda a estar más conectado conmigo mismo, con lo que hago y con cómo lo hago.
Si sos cerrajero, o trabajás con las manos, o simplemente tenés un oficio exigente, te recomiendo probar el yoga. No necesitás ser espiritual ni saber nada raro. Solo un poco de curiosidad y ganas de moverte distinto.
Porque, al final, tanto en la cerrajería como en el yoga, se trata de lo mismo: abrir puertas. Algunas son de metal, otras están adentro.
